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Tango: una danza popular hiper-codificada


“Cuando cierto proceso es susceptible de ejecutarse en varias formas, alguien puede advertir la importancia del proceso mismo, con prescindencia de la forma en que lo ejecute este o aquel individuo.  Discernirá algo en común entre las actividades individuales y definirá el proceso como tal... El proceso se consuma de acuerdo con un método específico que resulta del conocimiento y deja des ser natural.” Feldenkrais-Autoconciencia por el movimiento

 

 

Feldenkrais decía que toda actividad humana pasa por tres fases de desarrollo: 

 

La primera es la actitud natural, en donde la acción se desenvuelve a partir de un impulso orgánico. Sus fundamentos son tan curiosos como inexplicables.  Gozan de la simpleza y el misterio que tiene la naturaleza en la manifestación de la vida, dotándola de la sabiduría necesaria para preservar sus ciclos vitales.

 

La segunda etapa es la individual, en donde algunas personas establecen su manera particular de ejecutar esa acción.  En esta instancia el individuo realiza esa actividad de acuerdo con su propia necesidad, en estrecha conexión con su escencia y en equilibrio con su entorno.

 

Y la tercer etapa es la de profesionalización, en donde los individuos diseñan una forma sistematizada de realizar esa actividad. La codificación y ordenamiento racional para desenvolverse en una determinada acción, si bien ofrece las ventajas de la sedimentación de la experiencia de las personas más idóneas, produce un distanciamiento entre la acción  y la necesidad que la genera.

 

En la actualidad nuestra danza está sufriendo el proceso de profesionalización.  Aunque es difícil discriminar la profundidad y el momento exacto en dónde este proceso se inicia (que tiene como ejes una enorme cantidad de influencias de diversas áreas, tales como la música -en el plano histórico- y la presencia elementos de otras danzas) Podríamos decir que las exigencias sufridas por el hecho de convertirse en objeto de interés internacional, la han arrojado a una carrera de autosuperación.  Los bailarines, que antes modelaban su arte en base a los códigos internos de la milonga local, ahora se ven arrojados a la necesidad de adquirir conocimientos de técnicas de otras danzas.

 

Esta inmensa transformación ha generado una infinidad de molestias en el grupo de practicantes de esta actividad.  Ha puesto a prueba la autoestima de damas y caballeros y ha desatado interminables discusiones a cerca de cómo realizar un movimiento en las parejas de baile.  Pero por sobre todas las cosas, ha dejado afuera de la posibilidad de aprender esta maravillosa danza a personas que temen no poder ajustarse a las exigencias para comprender y ejecutar al instante complejas secuencias de movimientos.

 

La habilidad para danzar nos ha sido dada por la naturaleza.  Está profundamente arraigada a nuestras necesidades.  Es un don misteriosamente puesto en nuestro comportamiento y creo que todos tenemos derecho a realizarlo para nuestra salud y entereza vital.  No importa cuán lejos esté una persona de su capacidad natural para bailar.  Lo importante es recordar que esa conexión existe más allá de la conciencia. Porque un camino comienza por un paso, todo aquél que exprese sus ganas de bailar, ha empezado a construir la senda.

 

Parece una paradoja que, al mismo tiempo que la evoluciona el conocimiento y la codificación de la danza y, en consecuencia aumenta la cantidad de información procesada para danzar el tango, en los métodos de enseñanza y aprendizaje cada vez se experimenten más obstáculos.  Esto se debe a que muchas veces se pone por encima del proceso de aprendizaje la necesidad de aprobación social, tanto de los alumnos como de quienes enseñan. En este sentido me resulta importante como docente siempre recordar que el proceso de aprendizaje nunca cesa y que toda acción es a su vez construcción y conocimiento de nosotros mismos.

 

La pregunta del millón es, pues, qué es el tango.  La respuesta a esa pregunta no es unívoca, aunque por tratarse de una danza social, existen una cierta cantidad finita de parámetros para definir a esta danza... Al menos en lo que hace a la convención de que, al abrazarnos en una pista de baile, estemos de acuerdo mujer y hombre de cuál es el lenguaje que estamos utilizando.  Aún así, no deja de ser un diálogo en donde lo individual es tan importante como el código que hace al entendimiento mutuo.  De otro modo sería como hablar un idioma aprendido únicamente desde un compilado de palabras leídas en el diccionario.

 

De lo que sí estoy segura es de que el tango es una danza emocional y, en eso, creo, reside el éxito internacional que tiene.  No tanto desde el punto de vista de lo espectacular, sino como una costumbre que prospera socialmente en todo el mundo.  No hay pueblo europeo que no tenga su milonga propia  El tango es un juego y puesta en escena del vínculo hombre-mujer.  Es la búsqueda de el equilibrio de las energías masculina y femenina, tanto en la pareja como dentro mismo de cada uno de nosotros. Es meditación en movimiento, sensibilidad y conciencia de la circulación de toda nuestra energía y la del compañero. En el extremo compromiso de nuestro cuerpo, es imposible ocultar bloqueos y durezas.  La experiencia del otro sobre nosotros y de nosotros sobre el otro nos ayuda a mirarnos desde una perspectiva mucho más amplia.

 

Pero como todo lo que existe en este mundo, el camino es personal y la escencia de las cosas está en nuestra manera de mirarlas y de experimentarlas.  Desde mi perspectiva, el tango pude ser una camino para sentir nuestro cuerpo, aflojar  emociones y aprender a compartirnos.  Porque para la unión hace falta la aceptación, el tango es una danza que nos hace crecer y nos enseña a construir con el otro un ritual de entrega, así, tal cual somos.

 

Texto: Natacha Iglesias

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